Venga

12 Feb

Vamos a enfadarnos como si nos importara todo mucho, como si fuera todo tan de  verdad que duele. Vamos a fingir que sabemos cosas, que lo hemos leído todo, y después de leerlo todo lo hemos procesado y después de procesarlo lo hemos entendido.

 

Vamos a fingir que tenemos razón, que se puede tener razón y se puede estar equivocado. Obviemos el hecho de que explote el Sol.

 

Vamos a pensar que somos seres pensantes, y que la inteligencia era esto que tenemos por ser inteligentes, y que lo que decimos por bocas con labios como tantas bocas con labios podridos en las tumbas puede cambiar en algo lo que ya es, porque ya era.

 

Vamos a sentarnos alrededor de una fogata y parafrasear a gente que no nos habría escupido en la cara porque ni para recoger su saliva vale nuestro rostro infame, y a reírnos como si supiéramos de qué nos reímos, y a sospechar que quedan glándulas por descubrir en un rincón ignoto de este amasijo de moléculas que dimos en llamar cuerpo por no saber qué era.

 

Vamos a tomarnos muy en serio y a volvernos muy ridículos, y a saberlo y no, y a en sabiéndolo y no no morirnos de vergüenza, porque no sabemos.

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17 Mar

Teniendo en justa consideración todo lo aprendido y todo lo dicho, y todo lo que fueron a decir y no, y todo lo que se infería de lo que dijeron, y todo lo que podrían haber dicho si hubiera habido lugar, y todo lo que quería que dijeran, y todo lo que sabía que no podían decir, aunque quisieran,

Sabiendo que a veces se equivoca y a veces a veces es siempre, y cuando piensa que acierta es porque no sabe que se equivoca, y sin el consuelo necio de que se equivocan todos en lo mismo y teniendo la esperanza de que piensan todos que se equivocan y creen que se equivocan cuando lo piensan y la certeza de que en esto están equivocados,

Encontrando en esta falta de centro el centro de todas las faltas, y disculpándolas suavemente por lo blandas, y entendiendo que no hay clasificación posible, y rehuyéndola, y mareándose un poco en este caer sin fondo ni fin ni objetivo más que el caer y el marearse y seguir cayendo,

Habiendo hecho en este sinsentido una casa y en esa casa un hogar y en ese hogar aún un rincón para pensar en lo horrible que es pensar en nada, y en la condena que supone tratar de escapar siempre al castigo que es tener conciencia, se lamenta, se regocija y se perdona.

“…”

2 Mar

Nunca me atrajo la idea de torturar gatos con mis amigos.

Y no por falta de oportunidad, porque el pueblo estaba lleno de gatos, ni por falta de curiosidad, porque de aquélla era insultantemente joven, ni por exceso de escrúpulos, porque la visión de la sangre no me conmovía. Tampoco porque me parezca especialmente censurable lanzar piedras a un ser vivo, porque la primera vez, cuando fui con ellos a ver de qué trataba aquello no llegué a hacer nada por salvar a los gatos, ni les reproché nunca nada después a mis amigos. Los gatos sabían que mientras vivieran en nuestro pueblo cabía la posibilidad de que los niños les lanzaran piedras como saben los gatos domésticos que les cabe la posibilidad de morir de asco y aburrimiento. Es un pequeño precio a pagar, bien visto. Es sólo que no le veía sentido a dedicar toda una tarde a abatir gatos a pedradas para luego reír nerviosamente como los imbéciles de mis amigos mientras miraban extasiados los estertores del minino en el suelo con las comisuras sucias de tierra roja, babeando y sangrando a partes iguales, tratando de contener la imagen del morbo de la muerte, quién sabe si para cascársela después a solas y quizá llorar más después arrepentidos.

 Sencillamente, siempre me pareció tener mejores cosas que hacer, aún siendo nada.

 Un día de tantos, Julián propuso salir de batida. Ahí empezaba el Asco para mí, viéndoles dárselas de cazadores. Mi tío Julio, manco desde la Guerra y que cazaba jabalíes con una escopeta de doble cañón que cargaba él mismo ayudándose con el muslo les habría abierto la cabeza con ella y con gusto sólo por oírles decir “batida”. Mi tío Julio, que era un Hombre.

 Como siempre desde la segunda vez, dije que prefería irme a casa.

  —    Lo que pasa es que no tienes huevos. — Julián era el jefe de aquella pequeña tribu y sólo interpretaba su papel. Y le gustaba, claro.

Aquello pretendía ser un reto, y sentí arrebolárseme en las orejas. Julián pareció no darse cuenta de que la ofensa había sido hecha y con una mirada rápida respiré aliviado al ver que los demás tampoco. Aquello estaba a tiempo de parar.

  —    Huevos ¿de qué? — traté de razonar. Aún no sabía que es inútil tratar de razonar con un niño-gigante sobrehormonado. — ¿Qué me puede hacer un gato?

Se rieron todos menos Julián. Trató de parecer calmado pero casi ametralló las siguientes palabras:

  —    No es al gato, es a la sangre.

  —    ¿Qué me puede hacer la sangre? — repuse más tranquilo, ya sin burla. Parecía que Julián se rebajaba a razonar y allí no tendría nada que hacer conmigo.

  —    A lo sucio, a lo caliente de la sangre, a la muerte, a soñar con todo por la noche. Anda, marcha con tu mamá.  — añadió con desdén.

  —    A mi madre ni la mientes. — Y en un paso avancé hasta ponerme a un palmo de su cara, levantando el índice y esgrimiéndolo lo suficientemente cerca. Le sorprendió mucho, él creía que estábamos bromeando. Yo no sé bromear, aunque me gustaría. Creo que le rocé la mejilla con el dedo, hace tanto tiempo, ya casi no recuerdo. Lo suficientemente cerca, en cualquier caso, como para merecer el primer golpe. Trataba de parecer ofendido tensando los músculos del cuello y la mandíbula para que no se me notara que me encanta decir aquello porque ya sabía lo que venía después. Iba a pasar de todos modos, pero aquel imbécil me dio la oportunidad de hacerlo por mi madre, y un hombre de bien no deja pasar la oportunidad de hacer algo por su madre. Un hijo puede y debe levantar un camión cargado de camiones para salvar el sombrero de su madre.

 Me preparé mentalmente para recibir el primer golpe. Yo nunca doy el primer golpe.

 La pelea no duró mucho tiempo porque Julián no me pegó demasiado fuerte. Aún no estaba en la fase de olvidar que éramos amigos. Al fin y al cabo, yo no le había ofendido. Apenas me hizo tambalearme, apenas marcó el golpe. Yo tuve la suerte de ver clara la nariz de Julián y sólo tuve que darle de lleno y notar cómo se desmoronaba bajo la presión del puño. Fue tan fácil. Es horripilante el sonido del crujir para el que es capaz de horripilarse. Yo aún lo era entonces, o al menos de algo muy parecido. A partir del momento en que rocé la punta de la nariz de mi amigo y noté las ternilllas cediendo al avance, los recuerdos que tengo son a cámara lenta. Sentí las lágrimas saltando de los ojos de Julián y mojándome el dorso de la mano. Oí componerse el rictus de Julián y su fruncir de ojos. Aún no oía el grito. Por un segundo pensé en parar aquello, creí que podía parar aquello, aquello que no era una milésima de segundo sino un minuto, una hora, un día, y que aún estaba a tiempo de evitar que los tejidos crujieran y las lágrimas saltaran y los rictus se compusieran. Pero, aún pensando que podía pararlo, no quise hacerlo. Tenía curiosidad por ver cómo terminaba. Quise seguir extendiendo el brazo hasta el final, quizá incluso un poco más, hasta que mi puño penetrara en su cara, quizá. No en el mejor de los casos, pero sí en uno posible.

 Lo que pasó fue mucho menos espectacular, aunque no decepcionó a mi curiosidad. Aún con el brazo completamente extendido como quedó, ni siquiera llegué a hundirle la nariz en la cara como preveía. Julián cayó al suelo como un fardo mucho antes. El sonido del golpe de la cabeza en la tierra me dolió más que todo. La curiosidad más perentoria se había ido y había dejado sola a la otra tímida y latente, a la cotidiana. Julián ya no era un amasijo de tejidos por explorar, había vuelto a transformarse en mi amigo y estaba allí, tirado en el suelo, sangrando por la nariz, sucio de tierra roja.

 “Como los gatos” me pensó el cerebro por un momento. Y “yo no permitiría que apedrearan a una persona” me tranquilizó al siguiente.

 Comenzaron los gritos. Me gritaban a mí porque había hecho aquello, aunque se dirigían al aire. Julián por su lado, y el resto por otro.

 Julián se retorcía en el suelo lloroso porque podía, porque estaba en esos días de la vida en que tenía de niño lo que de hombre. Todos se volcaron en ayudarle. Al fin y al cabo era la víctima. Por un momento nadie reparaba en mí y pude seguir observando la escena con la boca abierta desde fuera de encuadre,  preguntándome cuándo volverían a darme texto o si faltaba quizá una ambulancia sonando a lo lejos por el bien del drama.

 Julián era el punto de fuga de todas las miradas no ya sólo por golpeado, sino por cabecilla del grupo, porque a los doce años quince centímetros de altura hacen un líder. Continuaba lastimero en el suelo, retorciéndose en lo que a cada segundo que pasaba se descubría como un teatrillo de exagerados alaridos. Así que poco a poco Julián pasó a un segundo plano y los ojos acabaron por fijarse en mí. Ojos entre admirativos y estupefactos, entre recriminatorios y conmiserativos. Algunas chicas me miraban horrorizadas tal y como les habían enseñado. Teresa no. A Teresa también le habían tratado de enseñar a horrorizarse pero no tenía capacidad para aprender esa clase de cosas.

 No sabría decir cómo miraba, pero Teresa me miró aquel día como habría de mirarme mucho tiempo después muchas otras veces.

Te quiero. O eso parece.

16 Feb

A veces no te lo digo todo pero sólo porque hay cosas que no sé decirte. Te quiero porque sé que entiendes lo que no digo.

Pensaba hoy en ti, porque el día nació hoy con esas luces que hacen a uno pensar que es buen día para pensar en cosas buenas. Pensar es escribir a velocidad suficiente. Quería guardar esto para no decírtelo nunca pero para nunca olvidarlo. Se puede escribir mucho más de lo que puedo decir. Y hoy apenas podría decirte nada, apenas podría mirarme a los ojos.

Podría decirte que te quiero, porque tengo letras y labios, pero sería lo mismo que dicen todos los que no han tenido la suerte de ser nosotros. Y sé que intuirías su profundidad y su pureza y su fondo y su sangre hirviendo. Pero no es eso lo que quiero, porque cuando te digo algo no espero que lo infieras. Quiero dejarte posado lo que digo sobre la mesa camilla, cerca del jarrón de flores, calentito para que dén ganas de cogerlo, y que las palabras se sientan cómodas por saber lo que quieren decir, que te abracen hasta las letras y que el significado se quede agazapado y palpitante, azul y tembloroso y mirándote tímidamente a los ojos antes de dársete por completo.

Te quiero porque sabes lo que significa “por completo” y no tengo que usar contigo tantas letras como con el resto y porque a veces quiero matarte azul porque me dueles rojo y no quiero irme y no quiero hacer que te vayas.

Espero que puedas oler lo que digo, porque se puede escribir con flores y se puede escribir con sangre y tú ya me conoces.

Eres instigador de sonrisas que me asaltan a punta de desgracia y sólo por eso me veo en la obligación de dar gracias por que existas. Hay días que Dios existe sólo para que yo pueda estar agradecida y dejar salir este calor que por veces quema pero el resto del tiempo no está Él y sólo estás tú y a ti no puedo darte esas gracias así que quizá ese agradecimiento atorado sea el Amor al cabo.

Y aquella tarde en aquel lago cuando éramos otros porque éramos antes, y no acababa de sentarnos bien del todo la piel. Pero había sol y había cielo y había tierra y estabas tú y si me relajaba podía llegar a parecer la vida, aquello. Me rompieron a llorar los ojos, porque de pena hay que ayudarse a llorar pero a veces la alegría te rompe los ojos y baja en forma de calor en un torrente de algo parecido a la ternura. Te acercaste y la probaste, y estabas todo lleno de un hambre extraña que parecía la Vida o la Parca, porque son las dos ansiosas y voraces. Y pude ver que aquello era Bueno, y eso que ya sabes que a mí todo me parece lo mismo. Desde ése día ya no hubo nada que decir que no supiéramos.

Juramos Fidelidad a aquella necesidad extraña y nos casamos a los ojos de todos los hombres y de todos los dioses que existían y que no existían y que habían pensado siquiera en existir. Aquella tarde todos los que se emborracharon lo hicieron por nosotros y no lo sabían. Se rieron y lloraron y fornicaron y alguno murió y alguno incluso mató a su perro y todo aquello ocurrió por nosotros aunque nunca lo supieron y nosotros siempre lo dudamos y fue mucho mejor así. Desde aquella tarde “Nosotros” nos fue lo que las madres a los hijos, lo que las jaurías a los perros, lo que los dioses a los hombres.

Así que gracias a ti, o por tu culpa, que eso nunca va a acabar de quedar claro, o quizá por este Nosotros que nos trasciende, está hoy aquí sentado a mi mesa esto que es el Amor y que lo sabe.

Éste lograr a veces a base de besos y de reírse y de creerse suficiente el uno para el otro que se desate el nudo del pecho y se refrenen un poco tanta náusea y tantas, pero tantas ganas y tan tiernas de morirse, a ver qué pasa.

23 Ene

Días que pasamos antes de que nos pasaran ellos creyendo que nos queríamos, creyendo que creíamos que nos queríamos, queriendo creer que creíamos que creíamos que nos queríamos.

Cuando se encontraron toda nuestra grandeza de ratas mojadas recién huidas del barco (pero guapas) con toda la magnificencia de los desayunos de café hervido y tostadas quemadas con toda la ilusión que cabían en los agujeros de aquel colchón que fue el primero de algunos, de pocos.  Y corríamos por el bosque y tú juntabas letras y les hacías decir cosas de las que luego habríais de arrepentiros y por veces parecía que los pájaros se iban a arrancar y me iban a hacer un vestido.

Cuando por comernos no tenía cabida el hambre y había tanto color que estaba claro que ya nunca iba a venir el blanco y sólo queríamos volver pronto a la cueva y turnarnos para tener el fuego encendido y conveníamos que todo era guerra y que estábamos en el mismo bando y que lo mejor sería que no se lo dijéramos a nadie.

Mientras nos hicimos pensar que éramos y nos reíamos y estábamos borrachos y la ciudad era otra y las letras eran otras y la gente era otra y hacía otras cosas y por veces parecía incluso que podía decir alguna cosa nueva y a veces daban ganas hasta de escucharles.

Cuando te miraba como si tuvieras algo por mirar y me veías como si aún hubiera algo que no me hubieras visto y nos engañábamos en voz baja para no despertarnos con sangre y parecía que de verdad a veces hubiera habido primaveras mientras fuimos felices a propósito.

31 Dic

Parece mentira (o por lo menos nos esforzamos mucho en que nos lo parezca) pero el hombre más triste y el más feliz se ha levantado esta mañana ligeramente mareado y por un instante no sabía dónde estaba, y ha tenido que ir urgentemente al baño, y se ha tenido que mirar de pasada en un espejo y dudar un momento si de verdad era él aquél, y si de verdad era él también aquél que ayer abrió los ojos y fumó y consiguió beber cinco tazas de café.

Parece mentira, o por lo menos nos esforzamos mucho en que lo parezca, pero el hombre más triste y el más feliz y el más tonto y el más listo cada cierto tiempo se pregunta qué es lo que le está haciendo el tiempo que le dieron, qué va a hacerse del tiempo que le quitaron. Cada cierto tiempo se pregunta si hará mucho frío en el ataúd que aún no ha escogido, si se estará tan solo como dicen, si se estará, después de éso, como dicen.

Parece mentira, o por lo menos se esfuerzan mucho en que nos lo parezca, pero el hombre más triste y el más feliz y el más tonto y el más listo, y el más primero y el más último, y el menos mujer y el más, cada cierto tiempo se pregunta qué habría dicho Heráclito si hubiera hablado con Heisenberg.

Vidas que caen en lunes

12 Dic

Cayó la vida en lunes, y hoy ya es miércoles y no da tiempo a arrepentirse. Ni da tiempo como antes de ponerse guapa de llorar y golpearse el pecho y
arrancarse algún mechón y maldecir no sé muy bien a qué destino aciago y calibrar la posibilidad de conseguir un calibre suficiente como para que baste un solo tiro
y que le saquen a uno en el telediario dos minutos junto a esos señores con corbatas. Una locura de las de los viejos tiempos, de salir en El Caso y hacer felices a los vecinos de tu bloque cuando vengan con micrófonos a preguntarles cómo de normal eras o podía inferirse de tu cara de las mañanas en el rellano que algún día se desencadenaría la tragedia aunque sea un martes por la tarde de borrasca no anunciada por el hombre del tiempo ni la mujer del espacio.
Tardes de viernes que son domingos por la mañana, y nadie dice nada porque nadie se da cuenta.